Mi pesadilla
“Noto sus manos alrededor de mi
cuello, apretando cada vez más fuerte. Siento como el aire abandona mis
pulmones y ese punto de conexión con la realidad va desapareciendo. Lo último
que logro ver antes de cerrar mis ojos son los suyos castaños con las pupilas
dilatadas sobre las mías. Intento
moverme, forcejear con él todo lo que puedo para que me suelte, pero es más
fuerte que yo. Quiero gritar para que alguien venga y me ayude, pero la voz no
me sale. Noto que mi cuerpo se vuelve cada vez más endeble y lo único en lo que
consigo pensar es en que se acabe rápido, en que por lo menos dejar de respirar
significará que nunca más podrá hacerme daño…”
Unas manos
me sacuden despacio, oigo mi nombre al fondo, pero no consigo establecer la
conexión con mi mente para que esta me ayude a entender donde estoy. Cuando
abro los ojos me encuentro con los ojos oscuros y llorosos de mi abuela que me
sacude lentamente para traerme de nuevo a la realidad de mi habitación. Solo
era una pesadilla, una de las tantas que tengo desde entonces. Me incorporo
poco a poco en la penumbra y dejo que los brazos de mi abuela ejerzan de
bálsamo para esas heridas que todavía sangran demasiado, a pesar del tiempo.
Cuando consigo que mi respiración y mi corazón vayan al mismo ritmo, me separo
de ella.
― Tranquila abue, ya estoy mejor.
― ¿Estás segura mi niña?
― Sí, solo
ha sido una pesadilla.
― Una muy recurrente por desgracia.
― No es nada abuela de verdad.
Pronto pasará. Estaré bien.
― No sé si creerte, pero iré a por
un vaso de agua antes de que vuelvas a dormirte.
― No abuela, no quiero agua, solo
quiero que te quedes conmigo esta noche.
― Esta y todas las que hagan falta
mi pequeña.
Logro
volver a dormirme otro rato más con el calor de mi abuela cerca, pero en cuanto
estoy sumida en brazos de Morfeo regresan las mismas imágenes una y otra vez,
los mismos ojos, las mismas manos. Siempre están viajando por mi mente, pero
eligen las noches para atacarme con más fuerza y son desde hace casi un año,
mis compañeras. Estaba aprendiendo a controlarlas gracias a la terapia, pero
cuanto más se acerca la fecha, más fuertes se vuelven en mi cabeza.
Empiezo
a ver la luz que indica que el día comienza, me muevo con cuidado para no
despertar a mi abuela y me dirijo a la ducha. Salgo del baño, ella ya no está en
la cama. Sonrío cuando la oigo trastear y tararear en la cocina como todas las
mañanas. Nadie salvo ella, consigue sacarme una sonrisa desde entonces. La
alcanzo en la cocina y mientras ella me sirve el café yo termino de coger las
galletas y el azúcar para el desayuno. Me mira con esos ojos llenos de amor y
preocupación y yo le dedico mi mejor sonrisa. Sé que tiene miedo, las dos lo
tenemos.
No
soy capaz de tomarme más que el café, tengo el estómago revuelto y no puedo
llevar nada sólido a la boca. Nos sumimos en un silencio raro e incómodo entre
nosotras, uno que nunca tuvimos, pero que en este último año ha sido más
frecuente. Ella es consciente de que esta mañana, lo necesito más que nunca.
Que mi cabeza está a mil por hora y que soy incapaz de ordenarla para decir
nada.
Me
levanto limpio la cocina en silencio y me dirijo a mi armario. Cojo las cosas
que me hacen falta y me encamino a la puerta. Estoy a punto de cruzarla, justo en el momento en él que unos brazos que conozco me aprietan con delicadeza
por detrás y me dejan un beso en la cabeza. Sé lo difícil que es para ella no
solo la situación, sino el que le haya pedido que no venga, que necesito
afrontar esto yo sola. Pero también sé que me apoya y me entiende. Me giro y la
abrazo todo lo fuerte que soy capaz, le doy un beso en la mejilla y le susurro
el te quiero más grande que pueda oír.
Salgo
de casa caminando despacio mientras escucho música y me dirijo a ese edificio
antiguo donde espero que todo acabe y a la vez empiece. Llego a sus escaleras
de mármol, se me encoge el alma y el corazón se me agrieta un poquito más si es
que es posible. Las subo despacio, respirando lentamente. No dejando que la
ansiedad pueda conmigo y me gane también la batalla. Al fondo la veo esperarme,
agarrada a su maletín marrón oscuro y con un traje impecable. Me acerco a ella
y nos damos un breve abrazo mientras me indica por donde debo ir.
Siento que el
aire no entra en mi sistema, que esas manos invisibles me aferran para ahogarme
de nuevo. Pero un apretón de manos de la persona que tengo al lado me ayuda a
recordarme que soy fuerte. Que esta vez si puedo. Llegamos juntas a la sala
donde me esperan más personas y me indican que me siente en una silla. Lo hago
mientras a mi derecha se sienta la mujer de traje impecable. Me giro un segundo
a la izquierda, y percibo como un rayo de sol entra por la ventana que tengo
justo en ese lado e incide sobre la silla vacía que ahí se encuentra.
Y
entonces, la siento. Una fuerza que creí que había perdido. Un rayo de
esperanza que me da alas para seguir. Una presencia que me recuerda que ambas
fuimos valientes. Una voz que ya no puede hablar, que ya no está para contar
que aquel día hace casi un año, su marido, mi padre, la calló para siempre. Por
eso hoy, yo, su hija y única testigo del crimen, estoy aquí sentada para hablar
no solo por mi madre, sino por todas aquellas mujeres que ya no tienen o no han
tenido nunca, la capacidad para hacerlo. Pero, sobre todo, porque quiero dejar
de sentir miedo.
Enamorada
ResponderEliminarEs desgarrador. Lo que necesites, aquiaestaré para ti. ❤
ResponderEliminarSin palabras!! Así me he quedado, me has emocionado muchísimo. Gracias!!
ResponderEliminarPrecioso. Lleno, por desgracia, de la verdad que inunda nuestros días.
ResponderEliminarDuro, con fuerza y bonito. Has sabido meternos en la historia en pocas líneas. Felicidades quiero más relatos.
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